lunes 19 de enero de 2009

Sobre el Balón de Oro



El sábado por la tarde, mientras el Barça pasaba de nuevo como un ciclón sobre el césped del Camp Nou, estuve jugando a la pelota con mi sobrino de dos años. El juego era tan simple como divertido para él (y la carcajada de un niño nunca es forzada): yo me situaba a unos metros de distancia con las piernas abiertas y él trataba de colarme el balón entre ellas. Cada vez que lo conseguía yo comenzaba a hacer aspavientos y a lamentarme profundamente por el caño sufrido y esta imagen lo hacía reír con más fuerza aún. Recordé entonces las tardes interminables jugando en el barrio y cómo en esa época dolían más los caños que los goles en contra. Se sobrentendía que el mejor jugador, el primero en ser elegido siempre, era el mejor regateador.

Cuando volvimos a casa estaban repitiendo en la tele el gol de Messi y las quejas de Eto´o por no cederle la pelota. Sabemos que el fútbol es sobre todo la emoción del resultado, pero lo que realmente nos eriza la piel es esa posibilidad de espectáculo siempre latente, eso que podría pasar siempre que jugadores como Iniesta o Messi reciben al pie, porque es ahí donde nos reencontramos con el niño que fuimos. Entendí entonces por qué, salvo milagros como el de Cannavaro, jugadores tan determinantes como Eto´o o Gerrard nunca serán galardonados con el Balón de Oro. Y es que a ellos sólo podemos verlos con ojos de adulto.