
Las sofisticadas máquinas del Technogym de Milanello aguardan ansiosas su cometido más ambicioso: recuperar para el fútbol al último jugador que osó codearse con los mitos de este deporte. Durante cuatro años, Ronaldinho fascinó por igual a cientificistas y a románticos, porque acompañó sus habituales despliegues de magia con cifras que regalaron al barcelonismo una segunda edad de oro. Tenía 26 años, el ansiado Balón de Oro, una Copa de Europa y un Mundial por delante para reivindicar un hueco entre los dioses.
El desacertado sistema de Parreira ahogó su fútbol retrasándolo 30 metros y Brasil naufragó en un campeonato que debió ser suyo. Pese a no conseguir títulos, la siguiente temporada quedó maquillada por sus 21 goles (la mayoría a balón parado) y algunos destellos esporádicos que no consiguieron ocultar atisbos de su declive. Los mismos excesos que a los 20 años no mermaban su privilegiado cuerpo, empezaron a pasarle factura a los 27. Su físico empezó a no acompañar a su prodigiosa técnica y las célebres exhibiciones de antaño fueron convirtiéndose en apariciones cada vez más inofensivas en zonas neutras del campo. El Camp Nou dictó sentencia y Laporta no estaba en condiciones de contradecir a la afición y al entorno.
En varios meses, la avanzada tecnología de Milanello, centro que permite una atención individualizada cuidada al milímetro, resolverá el misterio: Ronaldinho soltará el lastre de los kilos y sabremos por fin si, como tememos, su peso sólo era un síntoma más de su decadencia definitiva.



